jueves, 28 de octubre de 2010

El triunfo de la Cruz


Terminé de leer La Iglesia de los Apóstoles y de los Mártires, del autor francés Daniel Rops, un escritor que vivió durante los primeros 65 años del siglo XX.

Cuando uno lee este libro (y cualquier libro católico) debe ponerlo en contexto: fue escrito antes del Concilio Vaticano II y antes del cambio que llevó a nuestra sociedad occidental de ser una "sociedad cristiana" a ser una "sociedad postcristiana". Por eso Daniel Rops entiende muchas cosas de la conversión de Roma al cristianismo como la configuración de la sociedad totalmente cristiana de "hoy en día", pero nosotros los cristianos de este nuevo siglo entendemos que ya la sociedad no se da por entendido como una sociedad cristiana. El segundo pero que se le puede sacar a este libro (y me parece que se debe entender en el marco de la aclaración anterior) es que delimita la existencia de mártires a los primeros cuatro siglos de la historia de la Iglesia. Ya había dicho algo de esto anteriormente en la primera reseña del libro, pero vale aclarar que esto es un error: los mártires siguen derramando su sangre por Cristo en el mundo entero y siguen contándose en millares.

Hechas estas aclaraciones voy a volver a mis elogios al libro cristiano que más he disfrutado en mi vida. Para medir si un libro católico es bueno, un buen criterio es ver de qué manera se refiere a los grandes santos de nuestra historia, a quiénes cita y en qué personalidades se centra. En los últimos capítulos de su libro, Rops se deshace en elogios a San Juan Crisóstomo, San Atanasio y San Ambrosio, dejando al lector con la triste nota al pie de que no hablará sobre San Agustín por el simple hecho de que su historia ocurre principalmente en el siglo V y eso excede los límites cronológicos del libro. Y cuando habla de estos gigantes de la Iglesia lo hace señalando sus grandes logros y aportes, pero también poniéndolos en perspectiva de cuál era la realidad en la que vivían y se desenvolvían. Voy a dejar sin extenderme sobre estos santos para incitar a la curiosidad de los lectores a buscar más sobre sus vidas.

Es también muy interesante la forma en que Rops se refiere a Constantino y el edicto de Milán. El emperador Constantino legalizó (no hizo oficial) el culto cristiano y suprimió así en el Imperio las persecuciones contra la Iglesia. Esto sucedió después de su victoria en una batalla y de una visión que está rodeada de toda clase de leyendas, donde esencialmente se dice que el emperador vio el signo del nombre de Jesús (las letras griegas x y r que forman el lábaro) y escuchó una voz que le decía: "Bajo este signo vencerás". La cosa es que el hombre no se convirtió al cristianismo sino que simplemente entendió que no se podía luchar contra la Iglesia. Daniel Rops habla de este evento como el más importante en la historia del cristianismo desde Pentecostés. Yo nunca lo había visto así, ciertamente fue el punto de giro en la historia de la Iglesia donde se acabó por primera vez la persecución sistemática y el cristianismo pudo vivirse libremente. Lo cierto es que el autor atina en decir que, si bien fue un giro de una importancia indiscutible, no se puede decir que fue absolutamente lo mejor que nos pudo haber pasado. Los últimos cuatro capítulos oscilan como un péndulo entre las ventajas y las desventajas de que el cristianismo se volviera religión lícita. Se hizo muy grande la herejía del arrianismo y los emperadores comenzaron a ver a la Iglesia como una posible herramienta de poder. El mismo Constantino no se bautizó sino hasta el día de su muerte. La Iglesia ahora tenía que ser muy cautelosa en su forma de relacionarse con los emperadores. Claro que en ese sentido Dios nunca dejó sola a la Iglesia, por eso le envió a gigantes como San Ambrosio, que obligó al emperador Teodosio a hacer penitencia pública luego de que había permitido unas ejecuciones bastante escandalosas.

A partir del siglo IV, la relación entre la Iglesia y el poder del Estado (en el mundo entero) parece haber cambiado en su forma pero no en su contenido. En el fondo, los líderes terrenales siguen esperando de la Iglesia lo mismo que los emperadores que la persiguieron como Nerón y Diocleciano. Así lo dice el autor: "Esta superior independencia de la Iglesia para con todos los poderes públicos se expresó en términos de una audacia casi increíble. En la boca de estos nuevos testigos de Dios resonaba la gran voz de los profetas de Israel, erguidos contra los reyes infieles. Y en esta suprema batalla, en la cual se jugaba la suerte del porvenir cristiano, la Iglesia de los Apóstoles y de los Mártires permaneció fiel a sí misma. Lo que no había podido obtener de ella el Imperio hostil, que se callara o que capitulase, tampoco lo obtuvo el Imperio solapadamente amigo o desviado de la verdad." Esa es la verdad: que el poder público siempre ha esperado de la Iglesia que se calle o que renuncie a sus luchas, aún cuando se presenta como un amigo de la Iglesia y aún cuando han pasado por el gobierno de las naciones hombres y mujeres verdaderamente cristianos.

El libro termina narrando la vida de Teodosio, el emperador que hizo del cristianismo la religión oficial del estado unos setenta años después de que hubiera sido una religión legalizada. Ese fue sin duda el momento que terminó de desencadenar la vinculación entre la sociedad occidental y el cristianismo; fue también lo que dio paso eventualmente a la configuración del mundo como lo conoció la Edad Media.

Después de cuatrocientos años de que un carpintero palestino muriera en una cruz en una provincia perdida y lejana del gran Imperio, y de que sus discípulos aseguraran que había resucitado, el Imperio completo se convirtió hacia la vida a la que invitaba ese Jesús. La semilla de la Buena Nueva había sido sembrada como algo muy pequeño, y con el paso de los siglos la tierra entera llegó a cobijarse en su sombra. Costó la sangre de miles que estuvieron dispuestos a entregar sus vidas antes de renunciar a la fe, y costó el sudor de cientos de almas brillantes que se entregaron a la configuración y la organización de la doctrina cristiana, así como a su defensa contra las herejías y las desviaciones más sutiles. Pero, en el final, la Cruz venció a Roma y el Imperio no tuvo más opción que rendirse ante la inconmovible verdad de la Resurrección. Aunque, bien sabemos nosotros, el mundo nunca realmente aceptaría a la Iglesia en su totalidad.

La verdad es que el mundo siempre ha odiado y odia a los cristianos, y siempre estará en guerra con nosotros. Pero nuestro llamado es a mantenernos fieles, a ser firmes y a estar dispuestos a derramar la sangre por Cristo, como lo hicieron los héroes que podemos llamar hermanos nuestros. La sangre de los mártires es el abono que hace crecer a la Iglesia, y la palabra de Cristo es la que la mantiene firme y erguida para siempre hasta que vuelva su Señor.

martes, 12 de octubre de 2010

El precio de la sangre


Comencé a leer La Iglesia de los Apóstoles y de los Mártires, del autor francés Daniel Rops, un escritor que vivió durante los primeros 65 años del siglo XX.
Ya leí los capítulos V a VIII por lo que me siento a escribir la segunda "entrega" de esta reseña sobre el libro que no deja de encantarme y que cada vez me insipira y me impresiona más. El libro es muy bueno, y debe de haber requerido un trabajo de investigación histórica, filológica y bibliográfica de dimensiones incalculables. Además está contado de una manera sencilla, con constantes digresiones sobre el poder de Cristo y la victoria de la Cruz como única fuerza capaz de vencer al mundo en que la Iglesia dio sus primeros pasos.
En los cuatro capítulos que terminé de leer hoy, el autor narra primero cómo era el mundo cotidiano de los cristianos de los primeros tres siglos en el Imperio romano. Leemos así sobre las catacumbas tan famosas, las formas antiguas de la liturgia, los procesos de iniciación cristiana y la forma en que se redactó o se llegó a la forma final de lo que hoy rezamos como el Credo. En el capítulo VI viene una larga expliación de cómo el Imperio romano en el siglo II d.C. comenzó su caída final, una caída motivada sobre todo por una crisis del gobierno que cambiaba de dueño indiscriminadamente pasando por toda clase de personajes desde hombres nobles y de un gran carácter hasta payasos y bufones que no se tomaron la molestia de realmente gobernar Roma.
Leemos después todo un despliegue filológico que explica cómo se escribieron los textos del Nuevo Testamento, desde los evangelios sinópticos, pasando por las epístolas y contando el proceso de escritura de los textos de Juan (su evangelio, sus cartas y su Apocalipsis). Y así aprendemos no sólo cómo se escribieron, sino también cómo se convirtieron en el canon de la Iglesia y en lo que el pueblo de Dios consideró como textos inspirados para cuidar para siempre como principal fundamento del depósito de la fe y de la Tradición. Se necesitaría todo un blog para hablar de estas cosas.
El capítulo VIII narra finalmente las persecuciones que ocurrieron contra la Iglesia en el siglo III y cómo estas terminaron por fortalecerla siempre, y por dejar cada vez más sin argumentos al Imperio. Las razones fueron siempre diferentes: unos emperadores persiguieron a la Iglesia para distraer la atención de los verdaderos problemas de Roma, otros la persiguieron para señalar a un causante de las crisis internas, y otros simplemente porque no estaban seguros si era buena idea dejar crecer una religión que no estuviera dispuesta a ofrecer incienso en nombre del Emperador. Ninguno pudo contra los cristianos, porque siempre los mártires daban su testimonio de fidelidad y de entrega que todavía llevaba a más almas hacia la conversión y conmovía profundamente las bases sólidas pero totalmente añejas que sostenían al Imperio. El libro entero va relatando el creciente antagonismo entre el mundo romano y la revolución cristiana (los opone siempre bajo los nombres de Roma y la Cruz) y cómo su total incompatibilidad obligaba a que uno de los dos cediera. Descubriremos, al final, que fue Roma la que cedió y se postró sin más fuerzas ante la Cruz invencible.
Esta "segunda parte" del libro ha tenido una característica que el autor mismo resume al final del capítulo VIII. La Iglesia con el paso de los años fue fortaleciéndose en todos los campos. Padres, doctores, apologistas y filósofos crearon toda una gama literaria e intelectual de enseñanza cristiana por la que no se preocuparon tanto los Apóstoles y mucho menos el mismo Cristo. Lo que hoy conocemos como doctrina o enseñanza cristiana se fundó sobre todo ante la necesidad por un lado de responder a las fuertísimas corrientes filosóficas de aquellos tiempos, y por otro lado ante la conversión de mentes brillantes que supieron encontrar en la filosofía griega destellos de la Luz de la Verdad que daba plenitud a todo lo que el hombre había pensado o creído hasta el momento en que Dios se hizo hombre. Y todas estas cosas nos parecen hoy importantísimas para la preservación del depósito de la fe. Sin embargo, lo que mantuvo con vida a la Iglesia y la mantiene todavía hoy, no fue necesariamente toda su apologética o toda su producción intelectual sino, indiscutiblemente, el inextinguible esfuerzo de las almas que siguieron dispuestas a entregar sus vidas por el Evangelio.
El autor lo dice de la siguiente manera citando a autores del siglo III: "No son nuestros pobres quienes asegurarán el triunfo de la Iglesia. Son las almas intrépidas, los indomables cuerpos de esos hombres que se dejan torturar y arrancar la vida por afirmar que Cristo resucitó de entre los muertos y que su reino es la única realidad."
Y esto sigue vigente hoy. Hoy en que (en palabras del autor) "los cristianos en número demasiado grande han olvidado que viven bajo amenaza y que están aquí para una conquista permanente del mundo", si bien es necesario que conquistemos todas las áreas del mundo: la ciencia, el periodismo, el deporte, las artes, etc.; lo único que seguirá asegurando el triunfo de la Iglesia será nuestra disposición a dar testimonio (y el testimonio máximo es el martirio) por Cristo y a seguir afirmando que Cristo resucitó de entre los muertos y que su reino es la única realidad. Al final, es la sangre de los mártires la que se convierte en semilla de la cristiandad.
¿Estamos dispuestos a dar ese testimonio? ¿O nos echaremos para atrás en la primera señal de persecusión? Que Dios nos dé la gracia, para que en el momento de la prueba podamos responder como los gloriosos mártires a los que orgullosamente podemos llamar hermanos.

jueves, 23 de septiembre de 2010

En nuestro afán miramos su fulgor


Comencé a leer La Iglesia de los Apóstoles y de los Mártires, del autor francés Daniel Rops, un escritor que vivió durante los primeros 65 años del siglo XX.
Solo he leído los primeros cuatro capítulos, el libro es largo y el autor se toma su tiempo para cada apartado dentro de cada capítulo. Sin embargo, de lo que ya llevo, no he dejado de disfrutar la enorme riqueza histórica y la capacidad del autor para citar, describir y explicar formas de culto, costumbres, geografía, situaciones políticas y textos de los autores clásicos de Roma.
Las primeras 200 y resto páginas del libro son los cuatro capítulos que he leído, a una velocidad que me tiene sorprendido (ayudado, claro, por mi carencia de laptop) y hacen un repaso en este orden de: cómo era el mundo judío en el que vivió Jesús y se fundó la Iglesia, la vida de Pablo y su aporte al cristianismo, un meticuloso análisis del Imperio Romano después de Augusto, y una primera descripción de algunos martirios de los primeros tres siglos de nuestra era.
Si el libro hubiera terminado ahí ya estaría yo satisfecho. Claro, Roma es mi tema favorito, y le agregamos a eso la historia de la Iglesia, la forma en que el cristianismo comenzó a expanderse entre el Imperio totalmente abierto al sincretismo y el papel que jugaron los héroes de nuestra fe que derramaron su sangre por el Nombre de Cristo, y ya tenemos una joya de libro. Pero apenas llevo un tercio, así que espero escribir unas dos entradas más sobre mi lectura.
Tal vez de las muchas cosas que se podrían decir quisiera hablar de dos.
La primera es, el choque gigantesco que tuvo el cristianismo contra el Imperio; al encontrarse, se trató de dos barcos que navegaban en dos direcciones totalmente opuestas y mientras uno crecía el otro se comenzaba a venir abajo. El Imperio romano, para los tiempos después de Augusto (tal vez incluso antes de ser Imperio) ya era un crisol de religiones, cultos y ritos mistéricos que venían, en su mayoría, del Oriente. Los romanos se habían dedicado a cuanto culto se les cruzó por el camino, y esto era totalmente lícito mientras no dejaran de quemar incienso en nombre del Emperador y rogar a los dioses por su vida. Sin embargo, la verdad es que todas estas diversas religiones y cultos (la mezcla de todas estas cosas sin querer mantener una verdad absoluta o pasando elementos de una religión a otra es lo que se llama sincretismo) seguían resultando para el alma humana un camino equivocado a la felicidad y la plenitud. Esto explica quizá la mezcla de todas las religiones que ocurría en el Imperio: que no bastaba con adorar a tal dios o con buscar los métodos de tal culto para poder ser pleno, el hombre seguía buscando sin llegar a nada. Todas las religiones eran legales, pero de repente entraría una que era exclusiva: que no permitía mezclarse con las demás, no permitía siquiera el deber cívico de quemar incienso en honor al emperador. Y el mundo de la tolerancia estaba apunto de convertirse en un mundo de persecusión y castigo a los que eran diferentes.
El segundo tema interesantísimo es cómo se realizaron los juicios contra los primeros mártires del Imperio. (Rops cae en un error grave, asegurando que la era de los martirios colectivos quedó cerrada con la historia de la Iglesia Primitiva, y que ahora el martirio es algo individual, no es eso lo que nos dice la realidad en la que vivimos, en la que el mundo sigue martirizando a cristianos por los millares en muchos rincones de la tierra). Resulta que el crimen por el cual murieron muchos de nuestros hermanos en Roma fue por negarse, en el momento de que se lo pidieran los vedugos, a quemar incienso en honor al emperador. Si ellos renegaban de ser cristianos, o se arrepentían de su crimen, eran perdonados. Pero jamás se perdonó en el Imperio a un ladrón que se "arrepintiera" de su delito o a un asesino que se retractara de su asesinato. Encontramos entonces que es más bien absurda la forma en que fueron declarados culpables miles de mártires por no arrepentirse de su delito de ser cristianos. (Por no mencionar el hecho de que era la única religión prohibida a todo lo ancho del Imperio).
Los mártires son héroes de nuestra historia. Héroes que ayer y hoy derramaron su sangre por el nombre de Cristo, y con esa sangre sirvieron de semilla para seguir fortaleciendo y haciendo crecer la obra de la Iglesia. Los mártires son, sin duda alguna, los más grandes reflectores de la luz de Cristo: aquellos que estuvieron dispuestos a ir a los mismos extremos que Cristo por amor al Señor. Son nuestro modelo, nuestro ejemplo, y nuestros héroes. Son también nuestros intercesores. Confiemos en su oración y, en el afán de la vida diaria, veamos el fulgor de los que entregaron sus vidas por amor a Cristo. Los invito a investigar en estos días sobre algún mártir o que hayan oído (o no). Si no han oído sobre nadie, aquí hay algunos nombres que valen la pena googlear: San Esteban, San Ignacio de Antioquía, San Policarpo, Santa Cecilia.
Dios nos permita responder un día como Santa Cecilia ante el mundo que intenta hacernos desviar la mirada de la Cruz: "El santísimo nombre que conocemos, jamás lo renegaremos."

jueves, 20 de mayo de 2010

El Shock de leer The Shack


El libro The Shack me lo recomendaron con las siguientes referencias: 1) Una persona que lo lea o le va a parecer el mejor libro que haya leído, o simplemente lo va a odiar por completo. 2) "Te va a gustar, hay que dejar ciertos paradigmas teológicos, pero te va a gustar".

Si los que leen este blog quisieran leer el libro sin ningún prejuicio ni ideas preconcebidas, entonces les recomiendo que cierren en este momento la ventana y no lean esta entrada antes de leer el libro. Si no quieren leerlo, o quisieran escuchar una opinión, pues aquí va.

De las referencias que me dieron, pues puedo decir que no me pareció el mejor libro que he leído, y que no pude dejar mis paradigmas. En otras palabras, solo terminé el libro para poder dar mi opinión y escribir esta entrada, y me resultó un proceso doloroso y lamentable tener que atravesar los capítulos relativamente cortos que lo componen.

La propuesta es una excelente idea, (como casi toda la literatura cristiana): un hombre que sufrió mucho en su juventud, ha fundado una familia cristiana y ha desarrollado una relación con Dios que está un poco limitada pero sigue siendo llena de buenas convicciones. El elemento principal de esa relación que tiene el personaje (Mack) con Dios, es la fe de su esposa Nan. Todo el mundo se viene abajo cuando, en un paseo familiar de Mack con tres de sus hijos, la niña menor desaparece y termina siendo brutalmente asesinada en lo profundo de un bosque de Oregon. Mack entonces se entrega a lo que él mismo llama The Great Sadness (La gran tristeza, si se quiere) y se convierte en un hombre profundamente resentido con Dios, aislado del mundo y entregado simplemente a su trabajo, tratando cada día de fingir frente a su familia que es feliz, y de ser un apoyo para su esposa y sus hijos en el dolor que los embarga.

En una mañana de invierno, en medio de una nevada de esas que yo no sé cómo son, Mack recibe una carta de Dios que lo invita a pasar un fin de semana en la cabaña donde apareció muerta su hija. Hasta aquí, diría yo, todo va bien.

Pero luego resulta que Mack efectivamente se va a la cabaña, y efectivamente se encuentra ahí con Dios. Y resulta que Dios está manifestado en tres personas: Jesús, un hombre bien descrito con todo el porte de judío; el Padre y el Espíritu que por alguna razón extraña tenían que ser una mujer negra y una mujer asiática respectivamente. Ahora bien, yo no tengo nada contra las mujeres, ni contra las razas (ya lo he dicho en entradas anteriores) pero esto se me hizo demasiado. Cuando apareció la mujer negra me dije a mí mismo: "si esta es Dios, entonces cierro el libro y dejo de leer". Pero no lo hice para poder justamente hacerme un buen criterio sobre el libro. Entonces el libro se vuelve una serie de diálogos de Mack con las tres personas de la Trinidad.

Dios Padre es una señora que cocina y se ríe de todo, y se parece mucho al personaje del Oráculo de Matrix. Jesús es un judío vestido con jeans y camisa de cuadros que trabaja en el taller y hace regueros en la mesa. El Espíritu Santo, es una mujer asiática que se mueve de tal manera que no parece corpórea y que trabaja en un jardín diciendo cosas ambiguas como un personaje del Tigre y el Dragón o Héroe.

Hay que decir que Mack, el personaje central, está muy bien caracterizado: es el típico hombre con muchas dudas que no sabe en qué cree ni por qué hace las cosas que hace. Tiene muchas preguntas sobre por qué Dios permite el sufrimiento del mundo, cómo se relaciona la libertad del hombre con la omnisciencia de Dios y cómo es que Dios puede condenar al infierno si es un Dios amoroso y misericordioso.

Digamos que son las preguntas correctas para plantear en una novela evangelística (quiero imaginarme que eso es el libro), y que en todas las respuestas de los personajes no hay nada que sea esencialmente una herejía. Pero el montaje de la historia es una lástima, y las respuestas son mucho de lo que "el mundo quiere oír". La idea va a ser que al final Mack acepte que la muerte de su hija no era la voluntad de Dios, pero que en medio de todo eso Dios lo ama y lo acompaña y lo perdona, así como amó y acompañó a su hija en el momento de mayor sufrimiento.

¿Por qué no me gustó el libro? Toda esta corriente de personificar a Dios o de ponerlo de una manera "accesible" y "comprensible" que lo que quiere hacer es dar una imagen de un Dios familiar contrastada con los cuadros del Dios barbudo de la Trinidad que hay en la casa de mi tía, siempre termina tratando con demasiada ligereza la relación entre Dios y el hombre. Creo que, justamente por querer borrar esa imagen demasiado lejana de Dios, se crea otra imagen igualmente errónea de un Dios completamente ajustable a los paradigmas mentales humanos. Hay una necesidad cultural de los gringos por hacer ver que Dios no es blanco (o que no es hombre) y quedar bien con los grupos raciales que tienen en su país. Entonces tienen que retratar a Dios de formas no convencionales (como Morgan Freeman en Bruce Almighty) y así dar a entender que Dios es un Dios accesible para todos. Se trata de una visión muy simplista de Dios y de sus formas de manifestarse a los hombres.

El resultado es que se queda a un lado esa relación del hombre con Dios en que uno va descubriendo poco a poco al verdadero Dios que es Absolutamente Otro; que es perfecto, totalmente diferente del hombre, pero totalmente cercano a él; tan cercano, que nos conoce mejor que nosotros mismos. Claro que, el hombre que se enoja contra Dios porque no entiende sus caminos, necesita de Dios un trato tal en que al final pueda recibir la misericordia de un Padre amoroso. Pero la fe, la confianza, y el acto de ir a buscar a alguien que es en un principio desconocido, pero que se va revelando poco a poco, son elementos esenciales de la verdadera relación con Dios.

Sigo convencido de que nos hace falta literatura evangelística, que muestre realmente lo que es la vida de los discípulos de Cristo. Espero que el mismo Señor me dé la oportunidad de aportar algún día a este género. Mientras tanto, si la literatura cristiana se dedica a contar lo que la gente quiere oír, y no lo que la gente necesita oír, entonces vamos a avanzar poco en nuestra labor de proclamar la Buena Noticia. Entre más realista sea una novela cristiana, y más profunda sea, y mientras más encare al lector, entonces se parecerá más al mensaje del Evangelio, y será una semilla que caiga en tierra fértil para avanzar el Reino de Dios.

Ah, se me olvidaban unas observaciones. Jesús se pasa hablando en contra de la religión institucional y de los esquemas de jerarquía social. Dos veces se mencionan unos "flying dreams" cuya descripción se me hace preocupantemente parecida a un viaje astral. Para contestar mi duda de si el autor era católico o protestante investigué un poco sobre él, y resulta que "ya no es miembro de ninguna iglesia". Preocupante, si pensamos en San Agustín que escribió: "no hay cristiano sin iglesia."

martes, 11 de mayo de 2010

Cazando a Moby Dick


El hecho de que Moby Dick sea un libro muy famoso y considerado "clásico" de la literatura estadounidense no tiene que significar automáticamente que me gustó. A uno no le gusta un libro simplemente porque a todo mundo le gusta, y en esto creo que yo soy particularmente escéptico. A mucha gente, por ejemplo, no le gusta El Viaje al Reino de los Deseos, y le parece literatura demasiado simple; sin embargo a mí me gustó ese libro de una manera particular. Me ha pasado también con películas: a mucha gente le encanta BraveHeart y a mí simplemente no me emociona. Es que el hecho de que el arte sea muy aclamado no lo obliga a uno a disfrutarlo igual, así que, nosotros los lectores (de cualquier obra de arte) debemos sentirnos tranquilos de decir que una obra nos gustó o no.
Para mí el artista es el que es capaz de hacer algo que nadie más habría podido hacer. En el caso de la literatura, contar una historia y contarla de tal manera que nadie más habría podido hacerlo. Y, en mi opinión, Herman Melville, al escribir Moby Dick logró una obra de arte.
El libro me gustó mucho y se lo recomiendo al que quiera una lectura entretenida, sencilla e interesante. Uno se imaginaría que es una novela superficial, es fácil quedarse con la idea de que el libro no desarrolla mucho a los personajes, o que no cuenta una historia muy impresionante, o que es muy simple en la manera de contarse; pero esto es un error. En realidad Moby Dick es un libro profundo, con diferentes niveles de contenido y con una gran variedad de temas. Es una travesía riquísima que surca diferentes mares de la literatura universal. Como corrientes marinas que se encuentran unas con otras, en Moby Dick dialogan la literatura americana del siglo XIX con las constantes referencias bíblicas, unas pequeñas muestras de teatro, vientos quijotescos y un verdadero torbellino de tragedia griega.
La historia es contada por Ismael, un narrador testigo que no llega aparentemente a ser un personaje significativo dentro del libro. Ismael pareciera el lector de la novela, introduciendo a quien se embarque en la lectura, al mundo de los marineros norteamericanos del siglo XIX.
El libro podría parecer simplemente una enciclopedia de temas marítimos. Las descripciones extensas del barco (el Pequod) y sus partes, de cada instrumento de navegación y de pesca de ballenas, y de las más pintorescas tradiciones y supersticiones de sus tripulantes inundan el libro, yendo y volviendo como la marea. El que lea Moby Dick podría sentir un deseo por emprender uno de estos curiosos viajes de un barco ballenero, como hizo Ismael, que simplemente entra al barco y se enrola en su tripulación para pasar los siguientes tres años de su vida navegando desde el Atlántico estadounidense hasta las aguas del océano Pacífico en distantes rincones del mundo.
El Pequod no es un barco ballenero cualquiera, lo conduce el capitán Ahab, un hombre profundamente afectado por su encuentro con una ballena blanca mucho tiempo atrás. Ahab fue marcado interior y exteriormente por la ballena de renombre a la que quiso cazar. El cachalote le arrancó una pierna y le provocó un deseo incontenible de venganza, al punto de que Ahab quedó totalmente decidido a viajar por toda la tierra hasta volver a encontrar a su ballena para matarla con sus propias manos.
Hay otros tripulantes en el Pequod, los tres oficiales de los botes balleneros que son aparentemente el lado racional del capitán Ahab, como unos Sancho Panzas del mar; una tripulación silenciosa que, como el lector del libro, simplemente contempla la desenfrenada persecución que Ahab emprende contra la ballena, y también como el lector del libro, va aumentando con el tiempo su deseo porque la persecución encuentre su objetivo, y el capitán consiga su triunfo.
También el libro es una enciclopedia sobre la cacería de ballenas, y no sorprende que sea menos popular en nuestros tiempos de Green Peace y los derechos de la ballena. Hay que decir que las descripciones casi homéricas sobre la muerte de las diferentes ballenas a las que caza el Pequod causan lástima y conmiseración por los inocentes animales, pero la figura de Moby Dick es diferente, la ballena blanca aparece siempre como un misterioso personaje que nada en las profundidades del mar y a quien solo el más audaz de los marineros podría dar alcance.
A cada página aumenta la ansiedad y la expectativa porque el Pequod encuentre a su presa, pero la Ballena Blanca elude al lector como elude al capitán Ahab. Eso sí, en el momento de su aparición, Moby Dick no decepciona, y hace honor a todo lo que Ahab, los oficiales y el mismo Ismael han dicho de él.
El final no se los cuento por si un día deciden abordar el libro.
A través de la novela se encuentra el misterio de la Ballena Blanca, y la extraña motivación de Ahab por perseguirla en todos los océanos. Ahab es un hombre aparentemente cruel y desmedido que camina en una pata de marfil con la que reemplazó la pierna devorada por Moby Dick. En el capítulo XXII dedicado a la blancura de Moby Dick, Herman Melville opina que en realidad el color blanco representa los peores temores y las cosas más horribles de la conciencia humana: los muertos, los fantasmas y todo un mundo de terrores desconocidos. Ahab caza a la ballena que representa todas estas cosas, pero también él, con una pata de marfil tan blanco como la ballena, viene cargado de lo terrible. Es que el hombre, cuando se enfrenta cara a cara con estos terrores, no puede quedar sin salir lastimado, sin salir marcado. Entonces Ahab, aunque intenta destruir sus más grandes miedos, ha sido marcado por ellos y los lleva en cada segundo de su vida transmitiéndolos a la silenciosa y expectante tripulación. Así, Ahab resulta un personaje tan misterioso, temible y terrible como la misma Ballena Blanca.
Melville toca en su libro varios temas de la existencia del hombre, y asimila la rutina de un barco ballenero con la vida misma en la que estamos inmersos. Pero, una buena forma de salirse de la rutina, es siempre sentarse a leer un buen libro.

"¡Ah, amigos míos! ¡Eso es como para matar a cualquier hombre! Sin embargo, así es la vida. Porque apenas hemos logrado los mortales extraer de la inmensa mole de este mundo su pequeña, pero valiosa cera, y nos hemos limpiado luego con infinita paciencia las manchas, y hemos aprendido a vivir aquí en limpios tabernáculos del alma…, apenas hemos hecho esto cuando… '¡Ahí sopla…!' exhalamos el espíritu y nos hacemos a la vela para luchar contra otro mundo y pasar por la rutina de la vida otra vez."(Cap. XLVII)

viernes, 23 de abril de 2010

La Blancura de la Ballena


Un profesor ingenuo de Semiótica (como el que tuve yo) diría que, en la sociedad occidental, es notable cómo el blanco simboliza siempre lo bueno y el negro simboliza siempre lo malo. Herman Melville, autor de la novela Moby Dick, dedica todo el capítulo XXII de su legendaria obra a esta cuestión. Yo tiendo a estar más de acuerdo con Melville que con mi profesor de Semiótica, sin que eso refleje mi impresión más amplia de Melville y la novela, que no he terminado todavía. Aquí les dejo la clase de Semiótica por el estadounidense Herman Melville, de su libro Moby Dick, publicado en 1851.


Ya hemos insinuado lo que la Ballena Blanca representaba para Ahab. Lo que a veces era para mí aún queda por decir.
Aparte de las condiciones más evidentes en cuanto se refiere a Moby Dick, que no podían menos de despertar, ocasionalmente, en el ánimo de cualquiera la alarma, existía otro pensamiento o mejor dicho, un horror algo vago, sin nombre, que por su intensidad a veces se sobreponía a todos los demás. Era la blancura de la ballena lo que me impresionaba más que ninguna otra cosa.
En muchos objetos naturales, la blancura realza su hermosura, como si dotara a las cosas con una virtud suya, como ocurre en los mármoles y en las perlas. Varios países han reconocido a este color cierta preeminencia real. […] Esta preeminencia se aplica a la propia raza humana en sí, dando al hombre blanco la señoría sobre toda la tribu de otro color. A la blancura se le ha llegado, incluso, a dar el significado de alegría, porque entre los romanos una piedra blanca señalaba los días dichosos. A este mismo color se le convierte en emblema de muchas cosas emocionantes y nobles: la inocencia de las novias, por ejemplo, y la benignidad de la vejez. En muchos países el blanco es típico de la majestad de la Justicia en el armiño de los jueces y contribuye al esplendor de los reyes que se hacen transportar en coches tirados por caballos de nívea blancura. Entre la pompa sagrada de la religión católica, el blanco se emplea, especialmente, en la celebración de la Pascua de Nuestro Señor Jesucristo. En la visión de San Juan, los redimidos llevan vestiduras blancas y los veinticuatro ancianos se hallan vestidos de blanco y en pie ante el gran trono blanco, y el que lo ocupa se halla sentado en él, blanco como el algodón. Sin embargo, pese a todas estas asociaciones con todo lo que es dulce y sublime, queda un algo esquivo en la idea más profunda de este color que llena el espíritu de pánico.
El concepto de blancura, cuando está divorciado de asociaciones más bondadosas y aparejado con cualquier otro objeto terrible de por sí, acentúa el terror en grado máximo. Ejemplo de ello es el oso blanco polar y el tiburón blanco de los trópicos. ¿Qué sino su blancura los convierte en seres tan horribles como son?
[…] Mal puede dudarse que la cualidad visible en el aspecto de los muertos que más impresiona al observador es su marmórea palidez. Y de esa palidez de los muertos derivamos el expresivo color del sudario en el que los envolvemos. Y en nuestras supersticiones tampoco dejamos de echar un manto blanco sobre los hombros de nuestros fantasmas que se elevan en una neblina blanca también. Sí; mientras estos terrores se apoderan de nosotros, agreguemos hasta el rey de los terrores, cuando lo personifica el evangelista, monta un caballo blanco.
Por consiguiente, aunque en sus grandes humores simbolice toda cosa grande o gentil que quiera con el blanco, ningún hombre puede negar que evoca una singular aparición del alma.
¿Qué hay, aparte de las tradiciones de guerreros y reyes en mazmorras que hace que la Torre Blanca de Londres impresione mucho más al norteamericano que ha viajado poco, que las otras torres próximas a la primera… La Torre Sangrienta, por ejemplo? ¿Y esas torres aún más sublimes, las montañas Blancas de Nueva Hampshire, cuyo nombre, cuando se halla uno de cierto humor, basta para que se sienta uno como si un espectro se le introdujera en el alma, mientras que el pensamiento de la Loba Azul de Virginia parece llenar de dulzura y ensoñación? […] O, ¿por qué al leer los antiguos cuentos de hadas de la Europa Central, encontramos al "hombre alto y pálido" del bosque de Hartz, cuya palidez se desliza por entre el verdor de los bosquecillos, más terrible que todos los diablillos de Blocksburg? […]
Pero quizás os digáis que este capítulo de blancura no es más que una bandera blanca izada por un alma cobarde.
[…] Pero aún no hemos resuelto el misterio de esta blancura ni averiguado por qué ejerce tanto poder de atracción sobre el alma. ¿Es, acaso, que proyecta la sombra de los vacíos, de los puntos huecos del universo? ¿O será que, como el blanco más que color, es la visible ausencia de colorido, existe una muda blancura llena de significado, en un extenso paisaje nevado? […]Y la Ballena Blanca era símbolo de todas estas cosas...

miércoles, 21 de abril de 2010

El Imperio de los Dragones


Mi lectura recreativa entre febrero y marzo fue el libro del autor italiano Valerio Massimo Manfredi: El Imperio de los Dragones.
El libro se ubica en el oriente del imperio romano en el siglo III, cuando Roma está bajo el emperador Valeriano y en guerra con Persia. La escena inicial es un combate entre tropas romanas lideradas por el mismo emperador, y tropas persas que también van al mando de su rey Sapor I. En el combate, los romanos son capturados y llevados como esclavos a un campo de trabajos forzados. El personaje principal, Marco Metelo Aquila, es uno de los generales del Emperador, y queda capturado junto con unos diez soldados más. Los presos pasan un año entero en los trabajos forzados, hasta que el desgaste físico lleva a la muerte al emperador. Con la complicidad de un esclavo persa, los romanos consiguen huir del cautiverio, y comienzan una aventura que los llevará hasta la misma China, conocida en Roma como la lejana y legendaria Sera Maior.
Con la llegada a China de los soldados romanos, se da un encuentro entre dos de los imperios más grandes que ha conocido el mundo (si no los más grandes) y el libro se enfoca en cómo Marco Metelo Aquila, un soldado con toda la mentalidad occidental, conoce las artes marciales y las doctrinas chinas sobre el camino y la paz interior.

El libro es bueno. Está escrito por un hombre que sabe lo que dice, se trata de un arquéologo italiano que se ha encargado de muchas investigaciones sobre la Roma Imperial y el Imperio Romano de Oriente. Manfredi se apoyó en un grupo de investigadores y expertos en armamento, estrategias de guerra, geografía y la cultura de la China del siglo III. Su propuesta es una novela ficticia cargada de historia, Valeriano efectivamente murió humillado por Sapor I y existen leyendas tanto en Roma como en China de un momento de la historia en que parecería que ambos imperios estuvieron a punto de encontrarse y entablar relaciones. Y la pregunta principal que plantea el autor es, ¿cómo sería el mundo de hoy si Roma y China se hubieran encontrado efectivamente y hubieran establecido una relación de aliados siendo dos imperios tan poderosos?

Por mi parte, como amante incondicional de la cultura e historia de Roma, leí el libro con escepticismo y creyendo que tal vez iba en una línea que está muy de moda. Existe una tendencia casi desenfrenada a darle demasiada importancia a lo oriental, a China y Japón y todo ese lado del mundo como una cultura que es superior a la cultura occidental y que ha sido marginada y discriminada por los occidentales y que hay que reivindicar. Es una tendencia que me encontré mucho en mi facultad: los chinos en realdiad son infinitamente superiores a nosotros aunque siempre hemos creído que Roma y Grecia inventaron la civilización. Yo estoy totalmente en contra de esta tendencia. No tengo nada contra los chinos y respeto toda su cultura milenaria. Pero no se puede creer que esa cultura es necesariamente superior a la cultura occidental, que es al final de cuentas la que ha sido capaz de prevalecer a través de los siglos y de extenderse en el mundo entero con sus variantes y sus limitaciones.
El libro, sin embargo, no llega a eso. Me imagino que esto no pasa en parte porque su autor es italiano, y yo creo que si yo estoy orgulloso de Roma, los italianos deben estarlo bastante más. De hecho Manfredi hace un excelente trabajo al simular el diálogo entre Roma y China. Los personajes romanos aprenden de los chinos las artes marciales, cierto respeto y cierta armonía interior. Pero los chinos aprenden de los romanos la virtus, ese valor del hombre que lo lleva a anhelar el honor y la nobleza, y a ser respetado incluso por sus superiores. Los romanos dan también, en las escenas de combate, una cátedra de disciplina, orden y efectividad que se contrastan con la espontaneidad y la destreza de las artes marciales chinas.
A lo largo de la historia, la parte central del libro está en cómo ambas culturas ven al liderazgo. Los chinos tienen un emperador más que endiosado a quien ni siquiera pueden ver a la cara ni digirle la palabra, y a quien los líderes militares no pueden de ningún modo cuestionar ni poner en duda. Los romanos, en cambio, tienen un profundo respeto por el emperador, que se basa en el hecho de que él les ha dado a ellos un lugar de confianza y de valor. En una discusión fuerte sobre el papel del líder, el personaje principal Marco Metelo, y el príncipe del imperio chino exponen estos dos puntos, y el romano deja callado al príncipe con esta frase:

"Ningún oficial consigue ejercer el mando si no ha ganado la estima y el respeto de sus hombres. No puede dar órdenes si antes no ha demostrado que sabe cumplirlas, ni pedir ningún sacrificio a sus soldados si no ha dado muestras antes de ser el primero en saber afrontarlos."


Es una lectura que recomiendo y creo que vale la pena.