
Comencé a leer La Iglesia de los Apóstoles y de los Mártires, del autor francés Daniel Rops, un escritor que vivió durante los primeros 65 años del siglo XX.
Ya leí los capítulos V a VIII por lo que me siento a escribir la segunda "entrega" de esta reseña sobre el libro que no deja de encantarme y que cada vez me insipira y me impresiona más. El libro es muy bueno, y debe de haber requerido un trabajo de investigación histórica, filológica y bibliográfica de dimensiones incalculables. Además está contado de una manera sencilla, con constantes digresiones sobre el poder de Cristo y la victoria de la Cruz como única fuerza capaz de vencer al mundo en que la Iglesia dio sus primeros pasos.
En los cuatro capítulos que terminé de leer hoy, el autor narra primero cómo era el mundo cotidiano de los cristianos de los primeros tres siglos en el Imperio romano. Leemos así sobre las catacumbas tan famosas, las formas antiguas de la liturgia, los procesos de iniciación cristiana y la forma en que se redactó o se llegó a la forma final de lo que hoy rezamos como el Credo. En el capítulo VI viene una larga expliación de cómo el Imperio romano en el siglo II d.C. comenzó su caída final, una caída motivada sobre todo por una crisis del gobierno que cambiaba de dueño indiscriminadamente pasando por toda clase de personajes desde hombres nobles y de un gran carácter hasta payasos y bufones que no se tomaron la molestia de realmente gobernar Roma.
Leemos después todo un despliegue filológico que explica cómo se escribieron los textos del Nuevo Testamento, desde los evangelios sinópticos, pasando por las epístolas y contando el proceso de escritura de los textos de Juan (su evangelio, sus cartas y su Apocalipsis). Y así aprendemos no sólo cómo se escribieron, sino también cómo se convirtieron en el canon de la Iglesia y en lo que el pueblo de Dios consideró como textos inspirados para cuidar para siempre como principal fundamento del depósito de la fe y de la Tradición. Se necesitaría todo un blog para hablar de estas cosas.
El capítulo VIII narra finalmente las persecuciones que ocurrieron contra la Iglesia en el siglo III y cómo estas terminaron por fortalecerla siempre, y por dejar cada vez más sin argumentos al Imperio. Las razones fueron siempre diferentes: unos emperadores persiguieron a la Iglesia para distraer la atención de los verdaderos problemas de Roma, otros la persiguieron para señalar a un causante de las crisis internas, y otros simplemente porque no estaban seguros si era buena idea dejar crecer una religión que no estuviera dispuesta a ofrecer incienso en nombre del Emperador. Ninguno pudo contra los cristianos, porque siempre los mártires daban su testimonio de fidelidad y de entrega que todavía llevaba a más almas hacia la conversión y conmovía profundamente las bases sólidas pero totalmente añejas que sostenían al Imperio. El libro entero va relatando el creciente antagonismo entre el mundo romano y la revolución cristiana (los opone siempre bajo los nombres de Roma y la Cruz) y cómo su total incompatibilidad obligaba a que uno de los dos cediera. Descubriremos, al final, que fue Roma la que cedió y se postró sin más fuerzas ante la Cruz invencible.
Esta "segunda parte" del libro ha tenido una característica que el autor mismo resume al final del capítulo VIII. La Iglesia con el paso de los años fue fortaleciéndose en todos los campos. Padres, doctores, apologistas y filósofos crearon toda una gama literaria e intelectual de enseñanza cristiana por la que no se preocuparon tanto los Apóstoles y mucho menos el mismo Cristo. Lo que hoy conocemos como doctrina o enseñanza cristiana se fundó sobre todo ante la necesidad por un lado de responder a las fuertísimas corrientes filosóficas de aquellos tiempos, y por otro lado ante la conversión de mentes brillantes que supieron encontrar en la filosofía griega destellos de la Luz de la Verdad que daba plenitud a todo lo que el hombre había pensado o creído hasta el momento en que Dios se hizo hombre. Y todas estas cosas nos parecen hoy importantísimas para la preservación del depósito de la fe. Sin embargo, lo que mantuvo con vida a la Iglesia y la mantiene todavía hoy, no fue necesariamente toda su apologética o toda su producción intelectual sino, indiscutiblemente, el inextinguible esfuerzo de las almas que siguieron dispuestas a entregar sus vidas por el Evangelio.
El autor lo dice de la siguiente manera citando a autores del siglo III: "No son nuestros pobres quienes asegurarán el triunfo de la Iglesia. Son las almas intrépidas, los indomables cuerpos de esos hombres que se dejan torturar y arrancar la vida por afirmar que Cristo resucitó de entre los muertos y que su reino es la única realidad."
Y esto sigue vigente hoy. Hoy en que (en palabras del autor) "los cristianos en número demasiado grande han olvidado que viven bajo amenaza y que están aquí para una conquista permanente del mundo", si bien es necesario que conquistemos todas las áreas del mundo: la ciencia, el periodismo, el deporte, las artes, etc.; lo único que seguirá asegurando el triunfo de la Iglesia será nuestra disposición a dar testimonio (y el testimonio máximo es el martirio) por Cristo y a seguir afirmando que Cristo resucitó de entre los muertos y que su reino es la única realidad. Al final, es la sangre de los mártires la que se convierte en semilla de la cristiandad.
¿Estamos dispuestos a dar ese testimonio? ¿O nos echaremos para atrás en la primera señal de persecusión? Que Dios nos dé la gracia, para que en el momento de la prueba podamos responder como los gloriosos mártires a los que orgullosamente podemos llamar hermanos.
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