jueves, 23 de septiembre de 2010

En nuestro afán miramos su fulgor


Comencé a leer La Iglesia de los Apóstoles y de los Mártires, del autor francés Daniel Rops, un escritor que vivió durante los primeros 65 años del siglo XX.
Solo he leído los primeros cuatro capítulos, el libro es largo y el autor se toma su tiempo para cada apartado dentro de cada capítulo. Sin embargo, de lo que ya llevo, no he dejado de disfrutar la enorme riqueza histórica y la capacidad del autor para citar, describir y explicar formas de culto, costumbres, geografía, situaciones políticas y textos de los autores clásicos de Roma.
Las primeras 200 y resto páginas del libro son los cuatro capítulos que he leído, a una velocidad que me tiene sorprendido (ayudado, claro, por mi carencia de laptop) y hacen un repaso en este orden de: cómo era el mundo judío en el que vivió Jesús y se fundó la Iglesia, la vida de Pablo y su aporte al cristianismo, un meticuloso análisis del Imperio Romano después de Augusto, y una primera descripción de algunos martirios de los primeros tres siglos de nuestra era.
Si el libro hubiera terminado ahí ya estaría yo satisfecho. Claro, Roma es mi tema favorito, y le agregamos a eso la historia de la Iglesia, la forma en que el cristianismo comenzó a expanderse entre el Imperio totalmente abierto al sincretismo y el papel que jugaron los héroes de nuestra fe que derramaron su sangre por el Nombre de Cristo, y ya tenemos una joya de libro. Pero apenas llevo un tercio, así que espero escribir unas dos entradas más sobre mi lectura.
Tal vez de las muchas cosas que se podrían decir quisiera hablar de dos.
La primera es, el choque gigantesco que tuvo el cristianismo contra el Imperio; al encontrarse, se trató de dos barcos que navegaban en dos direcciones totalmente opuestas y mientras uno crecía el otro se comenzaba a venir abajo. El Imperio romano, para los tiempos después de Augusto (tal vez incluso antes de ser Imperio) ya era un crisol de religiones, cultos y ritos mistéricos que venían, en su mayoría, del Oriente. Los romanos se habían dedicado a cuanto culto se les cruzó por el camino, y esto era totalmente lícito mientras no dejaran de quemar incienso en nombre del Emperador y rogar a los dioses por su vida. Sin embargo, la verdad es que todas estas diversas religiones y cultos (la mezcla de todas estas cosas sin querer mantener una verdad absoluta o pasando elementos de una religión a otra es lo que se llama sincretismo) seguían resultando para el alma humana un camino equivocado a la felicidad y la plenitud. Esto explica quizá la mezcla de todas las religiones que ocurría en el Imperio: que no bastaba con adorar a tal dios o con buscar los métodos de tal culto para poder ser pleno, el hombre seguía buscando sin llegar a nada. Todas las religiones eran legales, pero de repente entraría una que era exclusiva: que no permitía mezclarse con las demás, no permitía siquiera el deber cívico de quemar incienso en honor al emperador. Y el mundo de la tolerancia estaba apunto de convertirse en un mundo de persecusión y castigo a los que eran diferentes.
El segundo tema interesantísimo es cómo se realizaron los juicios contra los primeros mártires del Imperio. (Rops cae en un error grave, asegurando que la era de los martirios colectivos quedó cerrada con la historia de la Iglesia Primitiva, y que ahora el martirio es algo individual, no es eso lo que nos dice la realidad en la que vivimos, en la que el mundo sigue martirizando a cristianos por los millares en muchos rincones de la tierra). Resulta que el crimen por el cual murieron muchos de nuestros hermanos en Roma fue por negarse, en el momento de que se lo pidieran los vedugos, a quemar incienso en honor al emperador. Si ellos renegaban de ser cristianos, o se arrepentían de su crimen, eran perdonados. Pero jamás se perdonó en el Imperio a un ladrón que se "arrepintiera" de su delito o a un asesino que se retractara de su asesinato. Encontramos entonces que es más bien absurda la forma en que fueron declarados culpables miles de mártires por no arrepentirse de su delito de ser cristianos. (Por no mencionar el hecho de que era la única religión prohibida a todo lo ancho del Imperio).
Los mártires son héroes de nuestra historia. Héroes que ayer y hoy derramaron su sangre por el nombre de Cristo, y con esa sangre sirvieron de semilla para seguir fortaleciendo y haciendo crecer la obra de la Iglesia. Los mártires son, sin duda alguna, los más grandes reflectores de la luz de Cristo: aquellos que estuvieron dispuestos a ir a los mismos extremos que Cristo por amor al Señor. Son nuestro modelo, nuestro ejemplo, y nuestros héroes. Son también nuestros intercesores. Confiemos en su oración y, en el afán de la vida diaria, veamos el fulgor de los que entregaron sus vidas por amor a Cristo. Los invito a investigar en estos días sobre algún mártir o que hayan oído (o no). Si no han oído sobre nadie, aquí hay algunos nombres que valen la pena googlear: San Esteban, San Ignacio de Antioquía, San Policarpo, Santa Cecilia.
Dios nos permita responder un día como Santa Cecilia ante el mundo que intenta hacernos desviar la mirada de la Cruz: "El santísimo nombre que conocemos, jamás lo renegaremos."

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