viernes, 23 de abril de 2010

La Blancura de la Ballena


Un profesor ingenuo de Semiótica (como el que tuve yo) diría que, en la sociedad occidental, es notable cómo el blanco simboliza siempre lo bueno y el negro simboliza siempre lo malo. Herman Melville, autor de la novela Moby Dick, dedica todo el capítulo XXII de su legendaria obra a esta cuestión. Yo tiendo a estar más de acuerdo con Melville que con mi profesor de Semiótica, sin que eso refleje mi impresión más amplia de Melville y la novela, que no he terminado todavía. Aquí les dejo la clase de Semiótica por el estadounidense Herman Melville, de su libro Moby Dick, publicado en 1851.


Ya hemos insinuado lo que la Ballena Blanca representaba para Ahab. Lo que a veces era para mí aún queda por decir.
Aparte de las condiciones más evidentes en cuanto se refiere a Moby Dick, que no podían menos de despertar, ocasionalmente, en el ánimo de cualquiera la alarma, existía otro pensamiento o mejor dicho, un horror algo vago, sin nombre, que por su intensidad a veces se sobreponía a todos los demás. Era la blancura de la ballena lo que me impresionaba más que ninguna otra cosa.
En muchos objetos naturales, la blancura realza su hermosura, como si dotara a las cosas con una virtud suya, como ocurre en los mármoles y en las perlas. Varios países han reconocido a este color cierta preeminencia real. […] Esta preeminencia se aplica a la propia raza humana en sí, dando al hombre blanco la señoría sobre toda la tribu de otro color. A la blancura se le ha llegado, incluso, a dar el significado de alegría, porque entre los romanos una piedra blanca señalaba los días dichosos. A este mismo color se le convierte en emblema de muchas cosas emocionantes y nobles: la inocencia de las novias, por ejemplo, y la benignidad de la vejez. En muchos países el blanco es típico de la majestad de la Justicia en el armiño de los jueces y contribuye al esplendor de los reyes que se hacen transportar en coches tirados por caballos de nívea blancura. Entre la pompa sagrada de la religión católica, el blanco se emplea, especialmente, en la celebración de la Pascua de Nuestro Señor Jesucristo. En la visión de San Juan, los redimidos llevan vestiduras blancas y los veinticuatro ancianos se hallan vestidos de blanco y en pie ante el gran trono blanco, y el que lo ocupa se halla sentado en él, blanco como el algodón. Sin embargo, pese a todas estas asociaciones con todo lo que es dulce y sublime, queda un algo esquivo en la idea más profunda de este color que llena el espíritu de pánico.
El concepto de blancura, cuando está divorciado de asociaciones más bondadosas y aparejado con cualquier otro objeto terrible de por sí, acentúa el terror en grado máximo. Ejemplo de ello es el oso blanco polar y el tiburón blanco de los trópicos. ¿Qué sino su blancura los convierte en seres tan horribles como son?
[…] Mal puede dudarse que la cualidad visible en el aspecto de los muertos que más impresiona al observador es su marmórea palidez. Y de esa palidez de los muertos derivamos el expresivo color del sudario en el que los envolvemos. Y en nuestras supersticiones tampoco dejamos de echar un manto blanco sobre los hombros de nuestros fantasmas que se elevan en una neblina blanca también. Sí; mientras estos terrores se apoderan de nosotros, agreguemos hasta el rey de los terrores, cuando lo personifica el evangelista, monta un caballo blanco.
Por consiguiente, aunque en sus grandes humores simbolice toda cosa grande o gentil que quiera con el blanco, ningún hombre puede negar que evoca una singular aparición del alma.
¿Qué hay, aparte de las tradiciones de guerreros y reyes en mazmorras que hace que la Torre Blanca de Londres impresione mucho más al norteamericano que ha viajado poco, que las otras torres próximas a la primera… La Torre Sangrienta, por ejemplo? ¿Y esas torres aún más sublimes, las montañas Blancas de Nueva Hampshire, cuyo nombre, cuando se halla uno de cierto humor, basta para que se sienta uno como si un espectro se le introdujera en el alma, mientras que el pensamiento de la Loba Azul de Virginia parece llenar de dulzura y ensoñación? […] O, ¿por qué al leer los antiguos cuentos de hadas de la Europa Central, encontramos al "hombre alto y pálido" del bosque de Hartz, cuya palidez se desliza por entre el verdor de los bosquecillos, más terrible que todos los diablillos de Blocksburg? […]
Pero quizás os digáis que este capítulo de blancura no es más que una bandera blanca izada por un alma cobarde.
[…] Pero aún no hemos resuelto el misterio de esta blancura ni averiguado por qué ejerce tanto poder de atracción sobre el alma. ¿Es, acaso, que proyecta la sombra de los vacíos, de los puntos huecos del universo? ¿O será que, como el blanco más que color, es la visible ausencia de colorido, existe una muda blancura llena de significado, en un extenso paisaje nevado? […]Y la Ballena Blanca era símbolo de todas estas cosas...

miércoles, 21 de abril de 2010

El Imperio de los Dragones


Mi lectura recreativa entre febrero y marzo fue el libro del autor italiano Valerio Massimo Manfredi: El Imperio de los Dragones.
El libro se ubica en el oriente del imperio romano en el siglo III, cuando Roma está bajo el emperador Valeriano y en guerra con Persia. La escena inicial es un combate entre tropas romanas lideradas por el mismo emperador, y tropas persas que también van al mando de su rey Sapor I. En el combate, los romanos son capturados y llevados como esclavos a un campo de trabajos forzados. El personaje principal, Marco Metelo Aquila, es uno de los generales del Emperador, y queda capturado junto con unos diez soldados más. Los presos pasan un año entero en los trabajos forzados, hasta que el desgaste físico lleva a la muerte al emperador. Con la complicidad de un esclavo persa, los romanos consiguen huir del cautiverio, y comienzan una aventura que los llevará hasta la misma China, conocida en Roma como la lejana y legendaria Sera Maior.
Con la llegada a China de los soldados romanos, se da un encuentro entre dos de los imperios más grandes que ha conocido el mundo (si no los más grandes) y el libro se enfoca en cómo Marco Metelo Aquila, un soldado con toda la mentalidad occidental, conoce las artes marciales y las doctrinas chinas sobre el camino y la paz interior.

El libro es bueno. Está escrito por un hombre que sabe lo que dice, se trata de un arquéologo italiano que se ha encargado de muchas investigaciones sobre la Roma Imperial y el Imperio Romano de Oriente. Manfredi se apoyó en un grupo de investigadores y expertos en armamento, estrategias de guerra, geografía y la cultura de la China del siglo III. Su propuesta es una novela ficticia cargada de historia, Valeriano efectivamente murió humillado por Sapor I y existen leyendas tanto en Roma como en China de un momento de la historia en que parecería que ambos imperios estuvieron a punto de encontrarse y entablar relaciones. Y la pregunta principal que plantea el autor es, ¿cómo sería el mundo de hoy si Roma y China se hubieran encontrado efectivamente y hubieran establecido una relación de aliados siendo dos imperios tan poderosos?

Por mi parte, como amante incondicional de la cultura e historia de Roma, leí el libro con escepticismo y creyendo que tal vez iba en una línea que está muy de moda. Existe una tendencia casi desenfrenada a darle demasiada importancia a lo oriental, a China y Japón y todo ese lado del mundo como una cultura que es superior a la cultura occidental y que ha sido marginada y discriminada por los occidentales y que hay que reivindicar. Es una tendencia que me encontré mucho en mi facultad: los chinos en realdiad son infinitamente superiores a nosotros aunque siempre hemos creído que Roma y Grecia inventaron la civilización. Yo estoy totalmente en contra de esta tendencia. No tengo nada contra los chinos y respeto toda su cultura milenaria. Pero no se puede creer que esa cultura es necesariamente superior a la cultura occidental, que es al final de cuentas la que ha sido capaz de prevalecer a través de los siglos y de extenderse en el mundo entero con sus variantes y sus limitaciones.
El libro, sin embargo, no llega a eso. Me imagino que esto no pasa en parte porque su autor es italiano, y yo creo que si yo estoy orgulloso de Roma, los italianos deben estarlo bastante más. De hecho Manfredi hace un excelente trabajo al simular el diálogo entre Roma y China. Los personajes romanos aprenden de los chinos las artes marciales, cierto respeto y cierta armonía interior. Pero los chinos aprenden de los romanos la virtus, ese valor del hombre que lo lleva a anhelar el honor y la nobleza, y a ser respetado incluso por sus superiores. Los romanos dan también, en las escenas de combate, una cátedra de disciplina, orden y efectividad que se contrastan con la espontaneidad y la destreza de las artes marciales chinas.
A lo largo de la historia, la parte central del libro está en cómo ambas culturas ven al liderazgo. Los chinos tienen un emperador más que endiosado a quien ni siquiera pueden ver a la cara ni digirle la palabra, y a quien los líderes militares no pueden de ningún modo cuestionar ni poner en duda. Los romanos, en cambio, tienen un profundo respeto por el emperador, que se basa en el hecho de que él les ha dado a ellos un lugar de confianza y de valor. En una discusión fuerte sobre el papel del líder, el personaje principal Marco Metelo, y el príncipe del imperio chino exponen estos dos puntos, y el romano deja callado al príncipe con esta frase:

"Ningún oficial consigue ejercer el mando si no ha ganado la estima y el respeto de sus hombres. No puede dar órdenes si antes no ha demostrado que sabe cumplirlas, ni pedir ningún sacrificio a sus soldados si no ha dado muestras antes de ser el primero en saber afrontarlos."


Es una lectura que recomiendo y creo que vale la pena.