
Un profesor ingenuo de Semiótica (como el que tuve yo) diría que, en la sociedad occidental, es notable cómo el blanco simboliza siempre lo bueno y el negro simboliza siempre lo malo. Herman Melville, autor de la novela Moby Dick, dedica todo el capítulo XXII de su legendaria obra a esta cuestión. Yo tiendo a estar más de acuerdo con Melville que con mi profesor de Semiótica, sin que eso refleje mi impresión más amplia de Melville y la novela, que no he terminado todavía. Aquí les dejo la clase de Semiótica por el estadounidense Herman Melville, de su libro Moby Dick, publicado en 1851.
Ya hemos insinuado lo que la Ballena Blanca representaba para Ahab. Lo que a veces era para mí aún queda por decir.
Aparte de las condiciones más evidentes en cuanto se refiere a Moby Dick, que no podían menos de despertar, ocasionalmente, en el ánimo de cualquiera la alarma, existía otro pensamiento o mejor dicho, un horror algo vago, sin nombre, que por su intensidad a veces se sobreponía a todos los demás. Era la blancura de la ballena lo que me impresionaba más que ninguna otra cosa.
En muchos objetos naturales, la blancura realza su hermosura, como si dotara a las cosas con una virtud suya, como ocurre en los mármoles y en las perlas. Varios países han reconocido a este color cierta preeminencia real. […] Esta preeminencia se aplica a la propia raza humana en sí, dando al hombre blanco la señoría sobre toda la tribu de otro color. A la blancura se le ha llegado, incluso, a dar el significado de alegría, porque entre los romanos una piedra blanca señalaba los días dichosos. A este mismo color se le convierte en emblema de muchas cosas emocionantes y nobles: la inocencia de las novias, por ejemplo, y la benignidad de la vejez. En muchos países el blanco es típico de la majestad de la Justicia en el armiño de los jueces y contribuye al esplendor de los reyes que se hacen transportar en coches tirados por caballos de nívea blancura. Entre la pompa sagrada de la religión católica, el blanco se emplea, especialmente, en la celebración de la Pascua de Nuestro Señor Jesucristo. En la visión de San Juan, los redimidos llevan vestiduras blancas y los veinticuatro ancianos se hallan vestidos de blanco y en pie ante el gran trono blanco, y el que lo ocupa se halla sentado en él, blanco como el algodón. Sin embargo, pese a todas estas asociaciones con todo lo que es dulce y sublime, queda un algo esquivo en la idea más profunda de este color que llena el espíritu de pánico.
El concepto de blancura, cuando está divorciado de asociaciones más bondadosas y aparejado con cualquier otro objeto terrible de por sí, acentúa el terror en grado máximo. Ejemplo de ello es el oso blanco polar y el tiburón blanco de los trópicos. ¿Qué sino su blancura los convierte en seres tan horribles como son?
[…] Mal puede dudarse que la cualidad visible en el aspecto de los muertos que más impresiona al observador es su marmórea palidez. Y de esa palidez de los muertos derivamos el expresivo color del sudario en el que los envolvemos. Y en nuestras supersticiones tampoco dejamos de echar un manto blanco sobre los hombros de nuestros fantasmas que se elevan en una neblina blanca también. Sí; mientras estos terrores se apoderan de nosotros, agreguemos hasta el rey de los terrores, cuando lo personifica el evangelista, monta un caballo blanco.
Por consiguiente, aunque en sus grandes humores simbolice toda cosa grande o gentil que quiera con el blanco, ningún hombre puede negar que evoca una singular aparición del alma.
¿Qué hay, aparte de las tradiciones de guerreros y reyes en mazmorras que hace que la Torre Blanca de Londres impresione mucho más al norteamericano que ha viajado poco, que las otras torres próximas a la primera… La Torre Sangrienta, por ejemplo? ¿Y esas torres aún más sublimes, las montañas Blancas de Nueva Hampshire, cuyo nombre, cuando se halla uno de cierto humor, basta para que se sienta uno como si un espectro se le introdujera en el alma, mientras que el pensamiento de la Loba Azul de Virginia parece llenar de dulzura y ensoñación? […] O, ¿por qué al leer los antiguos cuentos de hadas de la Europa Central, encontramos al "hombre alto y pálido" del bosque de Hartz, cuya palidez se desliza por entre el verdor de los bosquecillos, más terrible que todos los diablillos de Blocksburg? […]
Pero quizás os digáis que este capítulo de blancura no es más que una bandera blanca izada por un alma cobarde.
[…] Pero aún no hemos resuelto el misterio de esta blancura ni averiguado por qué ejerce tanto poder de atracción sobre el alma. ¿Es, acaso, que proyecta la sombra de los vacíos, de los puntos huecos del universo? ¿O será que, como el blanco más que color, es la visible ausencia de colorido, existe una muda blancura llena de significado, en un extenso paisaje nevado? […]Y la Ballena Blanca era símbolo de todas estas cosas...
