jueves, 28 de octubre de 2010

El triunfo de la Cruz


Terminé de leer La Iglesia de los Apóstoles y de los Mártires, del autor francés Daniel Rops, un escritor que vivió durante los primeros 65 años del siglo XX.

Cuando uno lee este libro (y cualquier libro católico) debe ponerlo en contexto: fue escrito antes del Concilio Vaticano II y antes del cambio que llevó a nuestra sociedad occidental de ser una "sociedad cristiana" a ser una "sociedad postcristiana". Por eso Daniel Rops entiende muchas cosas de la conversión de Roma al cristianismo como la configuración de la sociedad totalmente cristiana de "hoy en día", pero nosotros los cristianos de este nuevo siglo entendemos que ya la sociedad no se da por entendido como una sociedad cristiana. El segundo pero que se le puede sacar a este libro (y me parece que se debe entender en el marco de la aclaración anterior) es que delimita la existencia de mártires a los primeros cuatro siglos de la historia de la Iglesia. Ya había dicho algo de esto anteriormente en la primera reseña del libro, pero vale aclarar que esto es un error: los mártires siguen derramando su sangre por Cristo en el mundo entero y siguen contándose en millares.

Hechas estas aclaraciones voy a volver a mis elogios al libro cristiano que más he disfrutado en mi vida. Para medir si un libro católico es bueno, un buen criterio es ver de qué manera se refiere a los grandes santos de nuestra historia, a quiénes cita y en qué personalidades se centra. En los últimos capítulos de su libro, Rops se deshace en elogios a San Juan Crisóstomo, San Atanasio y San Ambrosio, dejando al lector con la triste nota al pie de que no hablará sobre San Agustín por el simple hecho de que su historia ocurre principalmente en el siglo V y eso excede los límites cronológicos del libro. Y cuando habla de estos gigantes de la Iglesia lo hace señalando sus grandes logros y aportes, pero también poniéndolos en perspectiva de cuál era la realidad en la que vivían y se desenvolvían. Voy a dejar sin extenderme sobre estos santos para incitar a la curiosidad de los lectores a buscar más sobre sus vidas.

Es también muy interesante la forma en que Rops se refiere a Constantino y el edicto de Milán. El emperador Constantino legalizó (no hizo oficial) el culto cristiano y suprimió así en el Imperio las persecuciones contra la Iglesia. Esto sucedió después de su victoria en una batalla y de una visión que está rodeada de toda clase de leyendas, donde esencialmente se dice que el emperador vio el signo del nombre de Jesús (las letras griegas x y r que forman el lábaro) y escuchó una voz que le decía: "Bajo este signo vencerás". La cosa es que el hombre no se convirtió al cristianismo sino que simplemente entendió que no se podía luchar contra la Iglesia. Daniel Rops habla de este evento como el más importante en la historia del cristianismo desde Pentecostés. Yo nunca lo había visto así, ciertamente fue el punto de giro en la historia de la Iglesia donde se acabó por primera vez la persecución sistemática y el cristianismo pudo vivirse libremente. Lo cierto es que el autor atina en decir que, si bien fue un giro de una importancia indiscutible, no se puede decir que fue absolutamente lo mejor que nos pudo haber pasado. Los últimos cuatro capítulos oscilan como un péndulo entre las ventajas y las desventajas de que el cristianismo se volviera religión lícita. Se hizo muy grande la herejía del arrianismo y los emperadores comenzaron a ver a la Iglesia como una posible herramienta de poder. El mismo Constantino no se bautizó sino hasta el día de su muerte. La Iglesia ahora tenía que ser muy cautelosa en su forma de relacionarse con los emperadores. Claro que en ese sentido Dios nunca dejó sola a la Iglesia, por eso le envió a gigantes como San Ambrosio, que obligó al emperador Teodosio a hacer penitencia pública luego de que había permitido unas ejecuciones bastante escandalosas.

A partir del siglo IV, la relación entre la Iglesia y el poder del Estado (en el mundo entero) parece haber cambiado en su forma pero no en su contenido. En el fondo, los líderes terrenales siguen esperando de la Iglesia lo mismo que los emperadores que la persiguieron como Nerón y Diocleciano. Así lo dice el autor: "Esta superior independencia de la Iglesia para con todos los poderes públicos se expresó en términos de una audacia casi increíble. En la boca de estos nuevos testigos de Dios resonaba la gran voz de los profetas de Israel, erguidos contra los reyes infieles. Y en esta suprema batalla, en la cual se jugaba la suerte del porvenir cristiano, la Iglesia de los Apóstoles y de los Mártires permaneció fiel a sí misma. Lo que no había podido obtener de ella el Imperio hostil, que se callara o que capitulase, tampoco lo obtuvo el Imperio solapadamente amigo o desviado de la verdad." Esa es la verdad: que el poder público siempre ha esperado de la Iglesia que se calle o que renuncie a sus luchas, aún cuando se presenta como un amigo de la Iglesia y aún cuando han pasado por el gobierno de las naciones hombres y mujeres verdaderamente cristianos.

El libro termina narrando la vida de Teodosio, el emperador que hizo del cristianismo la religión oficial del estado unos setenta años después de que hubiera sido una religión legalizada. Ese fue sin duda el momento que terminó de desencadenar la vinculación entre la sociedad occidental y el cristianismo; fue también lo que dio paso eventualmente a la configuración del mundo como lo conoció la Edad Media.

Después de cuatrocientos años de que un carpintero palestino muriera en una cruz en una provincia perdida y lejana del gran Imperio, y de que sus discípulos aseguraran que había resucitado, el Imperio completo se convirtió hacia la vida a la que invitaba ese Jesús. La semilla de la Buena Nueva había sido sembrada como algo muy pequeño, y con el paso de los siglos la tierra entera llegó a cobijarse en su sombra. Costó la sangre de miles que estuvieron dispuestos a entregar sus vidas antes de renunciar a la fe, y costó el sudor de cientos de almas brillantes que se entregaron a la configuración y la organización de la doctrina cristiana, así como a su defensa contra las herejías y las desviaciones más sutiles. Pero, en el final, la Cruz venció a Roma y el Imperio no tuvo más opción que rendirse ante la inconmovible verdad de la Resurrección. Aunque, bien sabemos nosotros, el mundo nunca realmente aceptaría a la Iglesia en su totalidad.

La verdad es que el mundo siempre ha odiado y odia a los cristianos, y siempre estará en guerra con nosotros. Pero nuestro llamado es a mantenernos fieles, a ser firmes y a estar dispuestos a derramar la sangre por Cristo, como lo hicieron los héroes que podemos llamar hermanos nuestros. La sangre de los mártires es el abono que hace crecer a la Iglesia, y la palabra de Cristo es la que la mantiene firme y erguida para siempre hasta que vuelva su Señor.

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